Sobre anarquismo. Tres cuestiones de actualidad

Nosotros, por el contrario, no pretendemos poseer la verdad absoluta, creemos más bien que la verdad social no es una cantidad fija, buena para todos los tiempos y lugares o determinable por anticipado (…). Y por ello las soluciones que proponemos dejan siempre la puerta abierta a otras distintas y presumiblemente mejores.
Enrico Malatesta,  Umanità Nova, n.º 134

 

Esta entrada, como se indica en el título, versa sobre anarquismo. Concretamente, voy a hablar de algunos temas, tres en concreto, que en los últimos tiempos han despertado en mi cierto interés, tanto por la actualidad que suscitan como por los nuevos caminos teóricos y prácticos que abren. Dichas cuestiones son: los vínculos que empiezan a existir entre anarquismo y posestructuralismo tras 1968, el análisis y reflexión de las cuestiones nacionales desde una óptica anarquista y, finalmente, el papel juegan las concepciones anarquistas en el ámbito académico, especialmente dentro de las ciencias sociales como la Historia o la Antropología. Estos temas son, a la vez, los que protagonizan las reflexiones y debates más candentes dentro del mundo libertario contemporáneo, como bien puede verse en las revistas Anarchist Studies, Anarchist Developments in Cultural Studies o Perspectives on Anarchism Theory, cuya publicación desde el año 1996 viene corriendo a cargo del Institute for Anarchist Studies.

Asamblearismo, horizontalidad, autoorganización, democracia directa, ausencia de liderazgos, grupos de afinidad, solidaridad o espacios de autonomía son principios políticos que, en lo últimos años, con la irrupción del movimiento 15M, están adquiriendo gran repercusión. No se trata, sin embargo, de ideas nuevas: son los principios que con más fuerza ha defendido originariamente el anarquismo. Resulta evidente que, tras la caída del comunismo y la reacción capitalista de finales del siglo XX [1], son muchos los movimientos de inspiración anarquista que han surgido en las últimas décadas, aunque cierto es que pocas veces se hace referencia a esa influencia o se mencionan de forma explícita términos relacionados con la palabra «anarquía». No cabe ninguna duda, por ejemplo, de la enorme «sensibilidad anarquista» que demostró tanto en su estratutura organizativa –descentralizada, no jerárquica, basada en el consenso– como en sus métodos de lucha –desobediencia civil, acción directa, concepción prefigurativa de la práctica política, resistencia creativa– y sus reivindicaciones –reparto equitativo de la riqueza, democracia participativa, eliminación de las restrincciones al libre tránsito de personas, decrecimiento económico– el movimiento global contra el neoliberalismo bajo el lema «Otro mundo es posible» gestado hacia 1999-2001.

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Somos nómadas: el nomadismo como forma de resistencia

Y siempre que se produce una acción contra el Estado, indisciplina, sublevación, guerrilla o revolución como acto, diríase que una máquina de guerra resucita, que un nuevo potencial nomádico surge, con reconstitución de un espacio liso o de una manera de estar en el espacio como si fuera liso.
G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas

 

Cuando uno vive cosas fuera, termina viviendo cosas dentro. Hace varias semanas volví a Málaga tras pasar tres meses en la Universidad de Durham (Reino Unido) por motivos académicos. Allí, a la vez que empezaba a dar forma a este blog, terminé por convencerme de lo necesario que es agarrarse a la realidad que nos rodea por ingrata que resulte. El noreste de Inglaterra, una de las zonas más castigadas por las privatizaciones promovidas por M. Thatcher en los años ochenta, está repleto de jóvenes españoles que, huyendo de la precariedad laboral a la que estaban abocados en su propio país, cogieron un avión buscando una nueva vida. Lo paradójico del asunto es que sin excepción todas las personas que he conocido en esta circunstancia rehúsan agruparse bajo la etiqueta «migrante». No se consideran ni emigrantes fuera de su hogar ni inmigrantes en un lugar extranjero. Anhelan su casa, su familia y sus amigos pero piensan que su situación es fruto de una vorágine de cuestiones personales, que su exilio, siempre temporal, ha sido voluntario y no forzado por una realidad económica y política muy concreta. Los que han tenido suerte han encontrado trabajo de lo suyo, la mayoría curra como mano de obra barata y no cualificada.

Tengo amigos y amigas repartidos por medio mundo: Argentina, Francia, Alemania, la propia Inglaterra, Escocia, Italia, Holanda, Austria, Rumanía, Chipre, Islandia, Corea del Sur, Brasil, Thailandia, Nueva Zelanda. Formados y formadas en España con dinero público, se ven obligados a desarrollar su actividad laboral en otros países bajo la premisa capitalista, también hecha suya por el marxismo-leninismo, de «el que no quiera trabajar, que no coma». Volveré sobre este tema el futuros post, pero de momento dejo un texto sublime sobre esta cuestión: Manifiesto contra el trabajo (1999), del Grupo Krisis. Sea como fuere, lo que me interesa destacar ahora es que la creciente emigración de jóvenes españoles desde 2008 va más allá de una decisión individual de índole personal; todas las personas que se han visto forzadas a salir de España lo hacen por una razón común: huyen de la precariedad, buscan vivir más dignamente. Sin duda, esta realidad tiene causas claras y responsables concretos, como señalan en su última campaña la gente de Juventud Sin Futuro.

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