Marbella y la bestia

El título de esta entrada está tomado directamente de una canción de 1997. Se trata de un tema de Los Muertos de Cristo, incluido en su álbum Los olvidados. Es muy posible que a la mayoría de las personas que habéis empezado a leer este post no os haga la más mínima gracia la música de esta banda punk de Utrera, pero no se puede negar que la mordaz letra de este corte daba en el clavo, especialmente en un momento en el que aún poca gente se atrevía a levantar la voz contra «la bestia» Gil. ¿Qué estaba pasando en Marbella para que unos desconocidos punkies sevillanos le dedicaran una canción a su alcalde? Vamos a verlo, aunque primero hablaremos un poquito de historia para intentar contextualizar algunas ideas.

1. Destruyendo tópicos

Marbella sólo era un «pueblo de pescadores»

Sin ningún tipo de fundamento histórico, ha sido excesivamente habitual escuchar en las últimas décadas que Marbella hasta fecha reciente sólo se había caracterizado por ser un coqueto y pequeño pueblo de pescadores. Los gilistas evocaban cada vez que podían esta falsa imagen que bascula, sin duda, entre un lirismo romanticón y desmedido sobre la vida marinera y un manifiesto afán por desprestigiar el pasado de la ciudad en base a la engañosa suposición que vincula la pesca con la pobreza, la marginalidad, el analfabetismo y la escasez cultural. ¿Por qué? Ya se sabe, antes de que llegara Jesús Gil, en Marbella nadie comía jamones.  Lógicamente, como pueblo costero, las gentes de Marbella no han vivido nunca de espaldas al mar. El cronista nazarí Ibn al-Jatib, ya en el siglo XIV, decía lo siguiente: «se convocaba [en Marbella] a la gente para comer sardinas en vez de llamarla para la oración y se rezaba y se decía amén por el que daba a comer pescados gordos» (visto en Ladero Quesada 1969, 39). Es cierto, por tanto, que desde tiempos remotos ha existido en Marbella una pequeña industria pesquera, pero la cual no resulta comparable con la de otros lugares cercanos, caso de Fuengirola, Estepona o Algeciras. En Marbella, de hecho, no hubo puerto pesquero hasta la construcción, a mediados de los años cincuenta, de La Bajadilla.

Echar un vistazo rápido a lo que escriben los historiadores hubiera bastado para no seguir ahondado en relatos estereotipados. Ni es ni ha sido el proceder mayoritario. Según el censo de 1752, de los novecientos setenta y dos vecinos que habitaban el casco urbano de Marbella, quinientos sesenta eran jornaleros, mientras que el número de pescadores se estima entre treinta y sesenta (López González y Prieto Borrego 2001, 11-13). En el siglo XVIII, como vemos, el peso de la actividad pesquera era minoritario en relación con la actividad agraria. La Matrícula de Marina que se confecciona entre 1758 y 1756 nos informa de que la flota marbellí registrada estaba compuesta por siete barcos, número exiguo si se compara con los veintitrés de Estepona, los quince de Vélez-Málaga o incluso los ocho de Mijas (Andújar Castillo 2000, 389). Estos datos muestran con bastante claridad, ya para el Setecientos, que la pesca era un sector económico débil que no alcanzará jamás la importancia que se le ha supuesto luego. En Marbella, por consiguiente, hasta la irrupción del turismo hacia 1950, se vivió básicamente de la agricultura hortícola, complementada con la minería del hierro y la siderurgia durante el siglo XIX.

Marbella contaba en el año 1900 con 9.629 habitantes, siendo superada por municipios como Antequera, Coín, Ronda, Vélez-Málaga o Álora (Rodríguez Feijóo 2007-2008, 7). La agricultura será a lo largo de todo el siglo XIX, exactamente igual que ocurre en la anterior centuria, la principal actividad productiva. Sin embargo, la riqueza minera de las sierras próximas a Marbella originó que la comarca se convirtiera durante algunas décadas en uno de los principales núcleos industriales del país, aunque tampoco conviene, huyendo de un tópico, caer en otro. La importancia económica del sector industrial minero en Marbella es relativa. Jordi Nadal (1975), en su famosa obra El fracaso de la Revolución industrial en España, 1814-1930, explica que la industrialización española no supuso, como cabría esperarse, grandes transformaciones sociales ni económicas, ya que el nivel de atraso material de la mayor parte población siguió siendo muy elevado. En Marbella, al igual que en el resto del país, la industrialización fue un «espejismo» y apenas tuvo continuidad más allá de treinta años, como bien señala Rodríguez Feijóo (2007-2008, 21). Los proyectos siderúrgicos iniciados en torno a los años veinte del siglo XIX fracasaron mucho antes de que la centuria llegara a su fin: La Concepción, fundada por Manuel Agustín Heredia, cerró en 1882; la ferrería de El Ángel, de Juan Giró, lo había hecho en el año 1862. Ambas ferrerías, entre otras cosas, terminaron echando el cierre porque la deforestación de los bosques de Sierra Blanca causó serias dificultades a la hora de conseguir carbón vegetal con el que abastecer los altos hornos de Marbella para obtener el arrabio o hierro colado (García Montoro 1983, 17). El posterior proceso de afino, para el que era necesario ya usar carbón mineral por la dureza de las magnetitas de Ojén, se realizaba en la ferrería malagueña de La Constancia. Se dice tradicionalmente que el factor principal de la crisis de la siderurgia malagueña fue, en efecto, el elevado coste del la hulla o carbón mineral por la desventaja competitiva que ello suponía con respecto a las ferrerías vizcaínas, pero no hay duda que el agotamiento de los recursos forestales hizo muchísimo daño. Por su parte, la mina de El Peñoncillo, cerca de Ojén, seguirá estando activa, gestionada por The Marbella Iron Ore Company & Limited, hasta 1930 (Bernal 2004, 28).

Así las cosas, a pesar de que la actividad minera fue la segunda del municipio, el 93% de la población de Marbella seguía trabajando en la agricultura en 1903 (Prieto Borrego 2014, 5). De hecho, no es erróneo decir que el paulatino cese de la actividad industrial en los años finales del siglo XIX mermó toda posibilidad de ocupación en otro sector que no fuese el sector agrícola. No es casualidad, en este sentido, que inmersa toda la comarca occidental malagueña en un clima de creciente poder caciquil, Marbella se convirtiera a lo largo de las primeras décadas del siglo XX en uno de los lugares donde el movimiento obrero cobrara más fuerza en busca de mejores condiciones sociales y laborales. Se entiende así que, a partir del advenimiento de la República, cuando el asociacionismo obrero volvió a estar permitido, las organizaciones sindicales de clase lograran hacerse con el protagonismo de la protesta colectiva; la CNT llegará a alcanzar a principios del año 1933 seiscientos afiliados, mientras trescientos quince tendrá la UGT (Prieto Borrego 1994, 142).

Marbella no era nada hasta que Jesús Gil llegó

Existe, en directa relación con el tópico anterior, otro todavía más perverso: si Marbella se conoce, si hay algo de interés turístico en esta ciudad, es todo gracias a la apuesta desinteresada que Jesús Gil hizo por ella. Se dejó su tiempo, su dinero y todas sus fuerzas a cambio de nada. Es cierto, como ya he apuntado, que hasta mediados de la década de los cincuenta, Marbella era un pueblo costero con escasa población y en esencia dedicado a la agricultura. La irrupción del turismo, que en poco tiempo acabó convirtiéndose en la principal actividad económica de la ciudad, transformó radicalmente el panorama. Basta decir, de momento, que de 1950 a 1991 la población del municipio creció un 703,82%, de 10.027 a 80.599 [1]. Desde que Ricardo Soriano y Scholtz von Hermensdorff, aristócrata salmantino y gran vividor, edificara en 1947 un pequeño y moderno establecimiento hotelero, entre Marbella y San Pedro Alcántara, al que denominó Venta y Albergues de El Rodeo, destinado a hospedar a los viajeros franceses que iban y venían de Marruecos, todavía protectorado hasta el año 1956, el desarrollo del turismo de lujo en Marbella fue vertiginoso. Son muchos los autores que coinciden en que la figura de Ricardo Soriano fue, sin duda, clave para el despertar turístico y económico de Marbella (Alcalá Marín 1997; Reina 1998). No sería justo dejar de apuntar, en todo caso, que si el II marqués de Ivanrey pudo desarrollar todos los proyectos que surgieron de su singular inventiva y su afán aventurero fue porque sus extravagantes aficiones y excesos no fueron nunca objeto de ningún tipo de crítica o censura por parte del opresor y moralista régimen de Franco, que siempre pudo contar con la fortuna del aristócrata y su extensa red de contactos europeos. De sobra es conocida, en este sentido, la amistad y estrecha colaboración entre Ricardo Soriano con alguno de los principales gerifaltes franquistas, como Manuel Augusto García Viñolas, José Antonio Girón de Velasco, Raimundo Fernández-Cuesta o José Solís.

Los pioneros pasos de Ricardo Soriano fueron pronto seguidos por no pocos familiares y amigos, también de ilustre origen. De este modo, poco tardaron en llegar a Marbella e instalar sus propios complejos hoteleros personalidades como su sobrino Alfonso de Hohenlohe –Marbella Club, 1954; Puente Romano, 1974– o el también aristócrata español Carlos de Salamanca –hotel San Nicolás, 1957–. El crecimiento turístico fue tan rápido que Marbella, en el año 1964, contaba ya con dieciséis hoteles, además de múltiples residencias, hostales y apartamentos, en número superior a cuarenta (Reina 1998, 192). Muchas de las más destacadas familias europeas, a la vez, también adquirieron una residencia para pasar largas temporadas en el municipio marbellí  –por ejemplo, destacan el escritor Edgar Neville, los Thyssen-Bornemisza, la familia Bismarck o Jaime de Mora y Aragón–, lo que terminó por convertir a Marbella, con su clima templado, sus costas casi vírgenes, sus cañaverales y sus bosques de pinos, a veces incluso junto al mar, en uno de los principales destinos turísticos de la alta sociedad internacional, cuyos miembros ante todo buscaban exclusividad, intimidad, discreción y tranquilidad. Marbella, queda claro, no apostó nunca por el modelo turístico que se implantó en lugares como Benidorm, Islas Canarias o Torremolinos, cosa que Jesús Gil y Gil, cuando llegó años después, sabía muy bien. Posiblemente no hubiera arribado a estas tierras, buscando hacer fortuna como promotor inmobiliario, si el tejido económico de Marbella hubiese sido otro.

De hecho, en 1988, tres años antes de que Jesús Gil obtuviera su primera victoria electoral, existían en Andalucía once hoteles de categoría «cinco estrellas», de los cuales cinco, es decir, casi la mitad, se hallaban en el término municipal de Marbella. No es un dato baladí: Sevilla y Málaga, las principales ciudades andaluzas, contaban únicamente con uno cada una; los demás estaban en Benalmádena, Mijas, Jerez de la Frontera y Loja. No hay que olvidar, en este sentido, que Marbella había sido precisamente el lugar elegido por el constructor catalán José Banús Masdeu, quien también obtuvo múltiples prebendas del franquismo  –su empresa tomó parte en la construcción del Valle de los Caídos y usó como mano de obra a presos políticos condenados a trabajos forzados (Sánchez Albornoz 2012, 150)–, para edificar un exclusivo puerto deportivo a imitación de Montecarlo. Desde su inauguración en mayo del año 1970, en efecto, Puerto Banús ha sido el principal estandarte turístico de Marbella, acompañado de otros establecimientos hoteleros de renombre como Los Monteros (1962), el hotel Don Pepe (1963), el Marbella Hilton (1969), hoy llamado Don Carlos, o Incosol (1973), a cuya apertura asistió incluso el propio Franco. A la par del boom turístico, la complejidad socioeconómica del municipio iba en aumento: la población de Marbella, como ya apunté más arriba, creció espectacularmente gracias sobre todo a los inmigrantes que vinieron para trabajar en la hostelería, la mayoría procedentes del interior andaluz, en espacial de la comarca sevillana de la Sierra Sur y de la zona de Grazalema. 17.144 personas llegaron en los años sesenta, 22.240 en la década siguiente (Natera Rivas 2002, 17). No sólo se edificaron, de esta manera, lujosas urbanizaciones residenciales, caso de Nueva Andalucía, Guadalmina o Elviria, sino que también surgieron nuevos barrios para acoger a las familias trabajadoras recién llegadas, lo que acabó reduciendo y desarticulando el tradicional espacio agrícola que circundaba los núcleos de Marbella y San Pedro Alcántara. Es ahora cuando, para solventar el déficit de viviendas, se empiezan a construir más allá de los límites del casco antiguo, a uno y otro lado del arroyo de la Represa, las barriadas del Pilar-Miraflores y la Divina Pastora, conformada por pisos de renta limitada-subvencionada.

Sala de Usos Múltiples¿Un teatro, una sala de exposiciones? No, hoy es un restaurante de Ramón Mesa, amigo íntimo de Gil. Fuente: http://ardemarbella.wordpress.com/2009/04/12/vicente-de-espona-1918-1995-2/

Como señala Natera Rivas, la población de Marbella desde 1960 en adelante presenta una gran heterogeneidad (2002, 60-61). Esto hizo que, al menos desde mediados del siglo XX, se configurará una nueva identidad social fuertemente enraizada en el ámbito urbano y con un componente de clase nada desdeñable, aunque hoy ciertamente muy diluido, que apenas encuentra, en cualquier caso, correspondencia con los discursos identitarios y la acción política que se han venido desarrollando a nivel local, salvando alguna honrosa excepción durante los primeros años ochenta, no tanto fruto del supuesto espíritu progresista del PSOE como sí del clima de lucha vecinal y reivindicación cultural de varias generaciones de obreros, obreras y jóvenes tras casi cuarenta años de dictadura. Es una obviedad apuntar que los contrastes económicos, sociales y culturales entre la población que todavía hoy vive, ya sea estacionalmente o durante todo el año, en las urbanizaciones turísticas/residenciales y la población dedicada al sector servicios que habita mayoritariamente los dos principales núcleos urbanos del municipio son muy grandes. Las motivaciones residenciales de unos y otros son diferentes y, por tanto, lo es también su relación con el entorno social. Y ahí está el principal problema: ¿para quiénes legislan normalmente las instituciones? En este sentido, resulta paradigmático señalar que cuando se empezaron a levantar en 1961 los edificios de la colonia El Pilar, el barrio no recibió equipamientos públicos: ni mercado, ni parques, ni siquiera una iglesia; cuando se edificaron las torres a mediados de los años setenta, tampoco; sólo ya en la década de 1980, paralelamente a la construcción de los pisos de la Inmobiliaria Mayorazgo, entre el Cortijo de Miraflores y la calle Trapiche, se construyeron un par de colegios en la zona y varias pistas deportivas que Gil liquidaría más tarde. La lógica de la política local debe estar, en fin, subordinada a los deseos y demandas de la ciudadanía, de las personas que habitan en el municipio y sostienen con su trabajo el motor económico, no a los intereses personales de unos pocos políticos y empresarios, como fue habitual durante el gilismo y como lo sigue siendo ahora, con el PP.

Gil hizo muchas cosas por Marbella

La población actual del municipio de Marbella es de 142.018, según los datos que arroja el último censo de 2013, consultable a través del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía (IECA). En 1991, el año del desastre, había exactamente 80.599 personas censadas en Marbella. Si tenemos en cuenta que en el término municipal marbellí hay varios núcleos poblacionales de dimensiones considerables, como son San Pedro Alcántara, Puerto Banús-Nueva Andalucía y las Chapas-Elviria, puede decirse que, a finales de los ochenta, Marbella era todavía una ciudad pequeña con alma de pueblo donde no vivían de manera permanente más de cincuenta mil personas. De hecho, la población del núcleo de Marbella, como recoge el estudio de Natera Rivas (2002), era en el año 1991 de 49.232 habitantes. Efectivamente, apenas había en el núcleo poblacional de Marbella –desde el río Guadalpín a Arroyo Primero– tres institutos públicos de enseñanza secundaria posobligatoria y dos ambulatorios, como sucede en cualquier distrito de la capital malagueña. Lo increíble, sin embargo, es que actualmente en la ciudad de Marbella sigan existiendo casi veinticinco años después los dos mismos ambulatorios y prácticamente el mismo número de institutos de Bachillerato y FP. Tan sólo existe uno más, el I. E. S. Victoria Kent, que además fue inaugurado en 1992. En todo el término municipal encontramos, a día de hoy, siete institutos con ofertas públicas de Bachillerato y FP, los cuales acogen también al estudiantado de Ojén, Istán y Benahavís. Me rio del título de «gran ciudad» que el Parlamento de Andalucía nos otorgó en 2009.

Gil, un «encantador de serpientes», como bien lo definió el ex alcalde socialista José Luis Rodríguez (1983-1987) en una entrevista que le hice en 2009 para un trabajo de la universidad, tenía claro lo que quería conseguir presentándose a las elecciones municipales de 2001: «Me hice alcalde para defender mi patrimonio». Sólo le interesaba su beneficio personal. Desde que llegara a Marbella en 1986, el constructor de El Burgo de Osma  no dejó de tener problemas con el Ayuntamiento a causa de las múltiples irregularidades urbanísticas relacionadas con sus promociones inmobiliarias en la «Milla de Oro». Como señala el periodista de investigación Juan Luis Galiacho, Gil compró en esta zona, donde hoy se ubica el estrambótico «Pirulí» y donde luego levantaría su cuartel general, el Club Financiero Inmobiliario, unos terrenos donde quería un volumen de edificabilidad superior al ofrecido por las instancias municipales (1999, 33). Gil solventó sus problemas como mejor sabía: sobornando a los altos cargos de la Junta de Andalucía, lo que años después permitiría tanta pasividad desde el ámbito autonómico ante sus continuas tropelías. No obstante, a principios de los noventa tenía una enorme cantidad de pisos sin vender y necesitaba liquidez, por lo que conseguir la alcaldía marbellí se convirtió en su mejor opción. Gil, en esta época, era desgraciadamente ya muy popular en toda España gracias a su presidencia del Atlético de Madrid, lo que acabó originando, unido a la burbuja inmobiliaria de finales de los años ochenta, a la mala gestión municipal y a los problemas internos de los socialistas, con cambio de alcalde incluido a mitad de la legislatura, que consiguiera una posición óptima para sacar réditos políticos a su figura. El 26 de mayo de 1991, cuando se celebraron las elecciones municipales, Gil arrasó en Marbella: su partido, al que en una absoluta muestra de egolatría llamó Grupo Independiente Liberal (GIL), consiguió 20.530 votos, lo que se tradujo en diecinueve concejales de un total de veinticinco. El PSOE se quedó con cuatro concejales y los independentistas de San Pedro con dos, mientras que IU y los grupos de derecha desaparecieron totalmente del mapa. Gil tenía, por fin, las manos libres para hacer y deshacer en a su  antojo.

El saqueo comenzó de inmediato. Las siglas de su partido lo delataban: se trataba sin más de un proyecto personalista orquestado por Gil para satisfacer sus intereses económicos y los de sus socios. El de Burgo de Osma buscaba tener carta blanca para manejar el urbanismo de Marbella y evitar así paralizaciones de obras y sanciones por infracciones urbanísticas como las del pasado (Romero y Díaz 2009, 117). De esta manera, Gil montó en pocos meses un entramado de empresas que funcionaban de forma paralela al Ayuntamiento de Marbella desde las cuales, gracias a que escapaban a cualquier tipo de control democrático, comenzó a hacer negocios con particulares. Sin respetar la normativa urbanística vigente, el PGOU de 1986, Jesús Gil se dedicó a construir salvajemente por todo el término municipal, muchas veces al margen de la legalidad y siempre supeditando su lucro personal a los intereses de la ciudadanía. El entramado societario, que tenía su centro en el Club Financiero Inmobiliario, motivó centenares de denuncias por delitos urbanísticos, prevaricación, malversación de fondos públicos, etc. que convirtieron a Gil en un asiduo de los juzgados. El periodista Félix Bayon describía en un artículo del año 2002 esta nefasta situación de la siguiente manera: «Donde el plan de 1986 preveía que hubiera jardines, teatros, escuelas y ambulatorios, se levantan hoy amazacotados edificios de apartamentos. Los colegios están saturados no sólo porque haya crecido desmesuradamente la población, sino porque no hay espacio en donde construir nuevas escuelas. Lo mismo sucede con los ambulatorios: hoy están repletos hasta casi estallar. El que me corresponde es tan caótico que se podría rodar en él la huida de los americanos de Saigón al final de la guerra de Vietnam. En la Marbella de Gil hay calles que han desaparecido bajo el hormigón y no se ha trazado ninguna nueva». No eran pocos, empero, los estómagos agradecidos que decían que Marbella, desde la llegada de Jesús Gil, nunca había estado mejor.

El GIL no tenía programa de gobierno. Es evidente que su presidente tampoco tuvo jamás el más mínimo interés por mejorar las condiciones materiales de la ciudadanía marbellí. Insisto, todo lo que ideaba era con un único propósito: conseguir beneficios personales o económicos. Citaré, por poner sólo un ejemplo de los miles que se pueden encontrar en las hemerotecas, el caso que más me marco de pequeño, cuando una tarde de verano vi llorar a mi madre y no sabía por qué. Era todavía 1991 y ella acaba de enterarse de que uno de sus lugares referenciales, donde había compartido risas con amigos y a donde muchas tarde de domingo me había llevado a ver teatro, desaparecía por acción de una excavadora para siempre. Estoy hablando del derribo de la Sala de Usos Múltiples, ubicada en la plaza de la Victoria, en pleno centro de Marbella y decorada con un sublime mural de Vicente Espona, el Sol de Marbella, hoy desaparecido. El edificio, que hacía las veces de centro de exposiciones, sala de eventos y museo arqueológico, había sido durante la década de los ochenta el principal centro cultural de la ciudad, albergando gran cantidad de representaciones teatrales, conciertos, conferencias y muestras. La supuesta idea de Jesús Gil era levantar en su lugar una sala de plenos abiertos, en la que todos los ciudadanos podrían participar, pero paradójicamente la nueva construcción acabó albergando un indigno restaurante, propiedad todavía hoy de un íntimo amigo del alcalde. Parecerá una tontería, pero es para mí un orgullo, siguiendo el ejemplo de mi padre y de mis amigos de la familia Palma, que cedió en su momento el solar al Ayuntamiento para uso exclusivamente público y que aún sigue luchando para que así sea, no haber entrado ahí en mi vida. Con esta acción, Gil no sólo privó a Marbella de un lugar abierto a la cultura, sino que también destruyó el único teatro que existía en la ciudad, teniéndose que esperar más de diez años para la apertura de uno nuevo, cuyas infraestructuras, alejada ubicación del centro y cutre diseño dejan bastante que desear, todo sea dicho de paso.

Jardines colgantes de Jacinto BenaventeAsí iba a quedar la avenida Jacinto Benavente, previa destrucción del Pecho de las Cuevas. El dibujo data del año 1996. Fuente: http://escepticoenmarbella.blogspot.com.es/2006/12/1-enero-1996.html

Antiguo mercadoMurales del antiguo mercado municipal. Fue derribado en el año 1995. Casi una década después, en 2003, se inauguró uno nuevo en el mismo lugar, aunque la mayor parte del solar estaba ya ocupada por un edificio de viviendas, el cual fue en un principio declarado ilegal.

Resulta curioso, por otra parte, que prácticamente la única obra pública que los gilistas sacan a relucir cuando digo en una conversación o escribo en Facebook que Gil no hizo nada por Marbella es el Parque de la Represa, que aunque fue inaugurado en 1992 era un proyecto de los socialistas. Exactamente lo mismo ocurre con el Museo del Grabado Español Contemporáneo, situado en el antiguo Hospital Bazán, cuya restauración empezó en el año 1989. Algunas personas, en definitiva, intentan hacerme ver que construir el Arco de Marbella sí fue un gran acierto porque es una seña de identidad, un símbolo, pero sinceramente jamás consideraré como un logro la edificación de semejante horterada, fruto de una mente megalómana. En resumen, más allá de dejar Marbella sin zonas verdes o espacio para equipamientos públicos edificando por doquier y colocar mármoles en determinadas zonas del centro urbano cuando todavía había en los barrios calles sin asfaltar, las políticas públicas de Gil y sus sucesores Julián Muñoz, Marisol Yagüe y el efímero Tomás Reñones fueron inexistentes. Lo digo ya, para los que van de listos: destruir en 1995 un coqueto mercado decorado con figuras picassianas para luego construir exactamente en el mismo lugar un edificio de viviendas y, casi una década después, en el escaso espacio libre, levantar un nuevo mercado con materiales tan malos que se cala desde el primer día no cuenta como obra pública. Eso se llama especulación. Hacer no hizo nada, pero prometer prometió mucho: el tren monorrail, la universidad en la zona de Puerto Rico, la isla artificial frente a Puerto Banús, los jardines colgantes de la avenida Jacinto Benavente, el portaaviones que serviría para acoger una macrodiscoteca, el puerto deportivo de San Pedro, el aeropuerto, la ciudad del cine, la torre de telecomunicaciones… Lo verdaderamente grave del asunto es que estos proyectos faraónicos, en realidad, eran una fórmula para malversar dinero de las arcas municipales, ya que hubo arquitectos que cobraron ingentes cantidades por realizar los planos y dibujos de obras que jamás se realizarían. Hubo, sin embargo, más estafas económicas de las que fue objeto la ciudadanía de Marbella; por un lado, destaca el caso de las diez estatuas falsas de S. Dalí de la avenida del Mar que el Ayuntamiento compró por doscientos cincuenta millones de pesetas y, por otro, el de la llamada «estatua del ruso» de Puerto Banús, que supuestamente había sido un regalo a la ciudad del alcalde de Moscú, aunque se descubrió con posterioridad que realmente había sido adquirida por la Casa Consistorial como parte de una operación de compra-venta de inmuebles por valor de ciento cuarenta y un millones de pesetas. O sea, que sí, que Gil y su partidarios hicieron mucho por la ciudad de Marbella, mucho mal: robar, desfalcar, prevaricar y engañar a la ciudadanía.

Los proyectos faraónicos de Gil, una forma de malversar fondos públicos. Fuente: http://escepticoenmarbella.blogspot.com.es/2006/12/megaproyectos-y-van.htmlLos proyectos faraónicos del alcalde Jesús Gil y Gil, su fórmula para malversar fondos del Ayuntamiento marbellí. Fuente: http://escepticoenmarbella.blogspot.com.es/2006/12/megaproyectos-y-van.html

2. Marbella como laboratorio político: neolibalismo, especulación inmobiliaria y corrupción

Cuando Jesús Gil y Gil consiguió la alcaldía de Marbella en 1991 no era, como se ha dicho antes, un desconocido para nadie en España. Presidía el Atlético de Madrid desde el año 1987, gracias a lo cual se había convertido en un personaje mediático por su peculiar manera de entender la gestión futbolística del club del Manzanares. Antes de eso, sin embargo, su nombre ya sonaba por haber sido el responsable de la muerte de cincuenta y ocho personas en 1969, cuando se vino abajo uno de los comedores que había construido en Los Ángeles de San Rafael (Segovia), urbanización de la que además de promotor era propietario. La edificación carecía de los permisos técnicos necesarios, de ahí que fuera condenado por un delito de homicidio involuntario, a pesar de lo cual sólo paso unos pocos meses en prisión. El régimen franquista fue con él todo lo indulgente que no era con los miles de presos políticos que a finales de los sesenta y principios de los setenta hacían rebosar las cárceles españolas; en 1971 fue indultado tras pagar cuatrocientos millones de pesetas. Es mentira, por consiguiente, que la gente de Marbella no supiera a quien estaba votando. Para colmo, ese mismo verano de 1991 en que ganó las elecciones, sus amigos Silvio Berlusconi y Valerio Larazov le contrataron en Telecinco para que presentara Las noches de tal y tal, donde España entera le reía las gracias cuando salía dentro de un jacuzzi rodeado de las Mamachico, un montón de chicas en bikini ante las que se jactaba de como la gente le aplaudía, saludaba y vitoreaba por la calle cuando aparecía por Marbella, si es que se dignaba a hacerlo alguna vez, ya que sus ausencias continuadas del Ayuntamiento fueron la tónica general durante las casi tres legislaturas que gobernó.

Cuando Gil ganó las elecciones en 1991 sólo había en Marbella «prostitutas, mendigos y drogadictos». Al menos eso es lo que él aseguraba. Diré, primero, que ni las putas, ni los yonkis, ni la gente que pide en la calle para comer hacen daño; los mafiosos que campan a sus anchas por Marbella desde principios de los noventa, los especuladores del ladrillo y los políticos corruptos, sí. En segundo lugar, apuntaré que ahora, como antes, sigue habiendo en Marbella, como en cualquier ciudad de España azotada por la precariedad originada por la estafa neoliberal –prefiero no usar el eufemismo «crisis»– gente que vive y trabaja en la calle, lo cual, en cualquier caso, no me parece mal. Hay que buscarse la vida como se sea y elegir ser una trabajadora del sexo no es menos digno que ocuparse en cualquier otro puesto laboral; unos vendemos nuestra fuerza de trabajo, otras venden su cuerpo, pero al final todos estamos sometidos a las lógicas del capitalismo. Esto no lo digo yo, lo dicen las propias prostitutas. Del mismo modo, basta acercarse una noche de fin de semana a Puerto Banús para ver a jóvenes, empresarios, artistas o personajes de la jet set dándole a la nariz. No me meto, insisto, en lo que cada uno hace con su vida; el punto es otro: ¿es peor un porro o un chute que una raya de cocaína? Parece que si la droga es más cara no está entonces tan mal vista. Por cierto, tampoco escasean por allí los proxenetas y los clubes de alterne que obligan a las mujeres a prostituirse, lo cual sí constituye un delito grave y una atentado contra los derechos humanos más básicos. Así pues, estigmatizar a las putas y a los drogadictos, como hizo Jesús GIl para ganarse el clamor popular, es pura hipocresía. Quería dejarlo claro, por si no lo estaba ya. Volviendo al tema que más nos interesa, el que ya era presidente del Atlético de Madrid y ahora quería ser alcalde para tener carta blanca en temas urbanísticos completó su campaña electoral con un vídeo promocional en VHS, del cual repartió por Marbella cincuenta mil copias y en el que se presentaba a sí mismo como el salvador de la ciudad frente a la decadencia y parálisis económica (Romero y Díaz 2009, 118).

Gil, aunque no necesitaba mucho para ser convencido, fue instigado a presentarse a la alcaldía por un grupo de colegas del mundillo inmobiliario, entre los cuales destaca algún que otro insigne cofrade, pero el partido que creó con su mismo nombre, el GIL, no contaba con militancia. Así las cosas, primero se rodeó de una serie de colaboradores que perseguían sus mismos objetivos: Pedro Román, que de empresario arruinado pasó a ser su mano derecha; José Luis Sierra, su abogado personal e ideólogo de la maquinaria delictiva con la que se emprendería el saqueo de Marbella; Juan Antonio Roca, también con problemas económicos; Carlos Fernández, que se convirtió en su alumno aventajado… Una vez hubo configurado su equipo de asalto, Jesús Gil y Gil crea el denominado «grupo de apoyo», compuesto por sus más fieles seguidores, que se encargaban de la propaganda y la captación de votos. No había ningún tipo de ideología política que sustentara esta fuerza de choque sui generis, sino que la lealtad de sus integrantes derivaba exclusivamente de la concesión de una contraprestación por parte del GIL: una vivienda, un contrato de trabajo, una licencia de obra, la cesión de un quiosco, etc. Los incondicionales de Jesús Gil y Gil llegaron, incluso, a presentarse ante la puerta de la prisión de Alhaurín de la Torre pidiendo su puesta en libertad cuando en enero de 1999 fue preventivamente encarcelado por el Caso Camisetas, por el cual acabaría siendo condenado pocos años después a casi tres décadas de inhabilitación y seis meses de arresto por prevaricación, viéndose obligado por ello a abandonar la alcaldía de Marbella. Gil premió generosamente a sus acólitos: muchas de las personas que formaban parte de su ya famoso «grupo de apoyo» fueron contratadas en las empresas mixtas que se crearon, tales como Jardines 2000, Contratas 2000, Sanidad y Consumo 2000, Eventos 2000, Planeamientos 2000, etcétera. Esas sociedades eran directamente controladas por Gil y a ellas se destinaba casi la práctica totalidad del presupuesto municipal (Galiacho 1999, 203). En 1990, justo un año antes del triunfo electoral del GIL, el Ayuntamiento de Marbella contaba con 763 trabajadores, mientras que a finales de 2005, varios meses antes de la disolución ocasionada por el estallido de la Operación Malaya, la plantilla municipal estaba compuesta por 3.016. Los mayores incrementos siempre se producían en los años electorales: en 1991 el número de trabajadores en nómina de las sociedades creció un 26% y en 1995, año de la primera reelección, un 51% respecto a 1994 (Romero y Díaz 2009, 119). La plantilla que dependía directamente del Ayuntamiento, por el contrario, fue reduciéndose en detrimento de ese consistorio paralelo que Gil armó mediante un entramado empresarial opaco, corrupto y antidemocrático. Los convenios de construcción, al mismo tiempo, no se firmarán ya con el Consistorio, sino que ahora eran resultado de acuerdos que el propio Gil alcanzaba con particulares.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Prácticamente no quedan terrenos en el entorno urbano para construir mejoras y equipamientos públicos, al tiempo que la situación económica del Ayuntamiento de Marbella puede todavía calificarse, después de tantos años, como desastrosa. El presupuesto municipal de la Gestora, por ejemplo, era un presupuesto hipotecado, ya que el 80% del dinero mensual tenía como destino el pago de sueldos. En los presupuestos del año 2014 todavía el 52% del dinero total va destinado al capítulo de Personal, por lo que Marbella sigue estando a la cabeza de los ayuntamientos que más gastan en este sentido. En 2005, asimismo, el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales anunciaba que el agujero de los ayuntamientos que habían estado gobernados por el GIL representaba más de la mitad de la deuda de todos los municipios del país con la Seguridad Social y Hacienda. He aquí el resultado de tener una plantilla de empleados desorbitada, cuyo único fin era generar una enorme cantidad de votos cautivos. En cualquier caso, los modos negligentes y perversos que tuvo Gil a la hora de gobernar y hacer valen sus intereses tienen, sin duda, su máximo exponente en la madrugada del 18 de agosto de 1991, cuando acompañado por numerosos policías locales y guardias de seguridad de la empresa Franjus apareció en el puerto deportivo de Marbella, la zona de ocio nocturno que solía frecuentar la juventud, con la intención de cerrar los bares. El ambiente festivo dejó paso a una batalla campal que, motivada por los insultos y provocaciones del alcalde hacia los jóvenes, terminó con un vehículo quemado y una veintena de heridos, entre ellos Pedro Román. A Gil le salió bien la jugada: había conseguido la excusa perfecta para cerrar lo que a su juicio era un nido de delincuencia y drogas. Fue así como logró el argumento que buscaba para justificar el traslado de la zona de copas más concurrida de Marbella a un lugar más acorde con sus intereses, el Banana Beach, donde muchos de sus amigos, socios y compinches tenían negocios.

Viñeta de Idágoras sobre la represión policial en el puerto deportivo de Marbella. Fuente: http://escepticoenmarbella.blogspot.com.es/2007/02/puerto-deportivo-1991-diario-sur.htmlViñeta de Idágoras sobre la represión ejercida por la policía local contra los jóvenes en el puerto deportivo de Marbella. Fuente: http://escepticoenmarbella.blogspot.com.es/2007/02/puerto-deportivo-1991-diario-sur.html

La política del GIL ha sido definida con frecuencia como «populista». No me parece lo más acertado, ya que no considero que el sentido peyorativo con el que se suele usar dicha palabra sea acertado. ¿Por qué? A lo que en los países occidentales llamamos políticas encaminadas al bienestar, en Latinoamérica son medidas populistas, afirmación que encierra un claro afán de desprestigio hacia determinados proyectos políticos que buscan indiscutiblemente conseguir mejoras materiales y sociales para numerosos sectores de la población,  de  condición indígena en su mayoría, que durante siglos han vivido rozando la miseria, explotados por los grupos dominantes y sometidos a los intereses de las potencias extranjeras, especialmente de Estados Unidos. El teórico argentino Ernesto Laclau, recientemente fallecido, defenderá que el populismo garantiza la democracia, ya que es un modo de articular las demandas diversas y dotar de agencia política a los grupos populares no organizados frente al asistencialismo de la clase dirigente. Si aceptamos esta definición, el populismo como corriente política poco tiene que ver con el gilismo, cargado de discurso y vacío de acciones. El gilismo sólo fue pura demagogia; Jesús Gil instauró un modelo político cuyo primer y único objetivo era que, a costa de la ciudadanía, tanto él como sus socios pudieran enriquecerse de la manera más fácil posible, de ahí que no tuviera problemas en hacer negocios con el crimen organizado o con los jeques árabes procedentes de las dictaduras teocráticas de Oriente Próximo. Para llevar a cabo su plan necesitaba controlar el poder local, que quedó muy bien asegurado gracias a una extensísima red clientelar de incondicionales y estómagos agradecidos, ciudadanos de a pie que recibieron también su pequeña parte del pastel, los cuales incluso llegaron en más de una ocasión a ejercer violencia física contra los detractores de su alcalde. Personalmente, recuerdo que una mañana de mediados de los noventa, cuando acompañaba a mi abuela materna a hacer la compra, los dueños de la frutería en la que estábamos nos «invitaron» a salir porque allí no se quería gente que no apoyara al GIL. Nadie debe extrañarse: toda Marbella sabía que las cosas funcionaban de ese modo, pero incluso así los gilistas ganaban por mayoría absoluta las elecciones una vez tras otra. ¿Por qué? Es cierto que la abstención fue en aumento –35,36 % en 1991, 31,48 % en 1995, 39,92 % en 1999, 41,79 % en 2003– y que el voto de oposición estaba fragmentado, pero nada de esto explica ese total apoyo a los métodos mafiosos y corruptos del GIL. El mantra permanente de la gente era «Gil roba, pero por lo menos hace cosas por Marbella».

En su célebre libro, Eichmann en Jerusalén (1963), la pensadora de origen judío Hannah Arendt habló por primera vez de la «banalidad del mal», concepto con el que quería hacer ver que los delitos y crímenes que una persona comete, por indignos que resulten, no tienen por qué ser consecuencia de una mente enferma o de un carácter retorcido, como parecía a priori en el caso del principal responsable logístico del Holocausto, Adolf Eichmman, quien tras ser secuestrado ilegalmente en Argentina por el Mossad había sido condenado a muerte en un mediático juicio celebrado en Israel que la autora, de nacionalidad americana, cubrió para la revista The New Yorker en 1961. Para Arendt, el ex coronel de las SS actuó contra los judíos de la forma que lo hizo –él fue el encargado de las deportaciones hacia los campos de exterminio– simplemente por deseo de ascender y porque recibía órdenes. Eichmman era un burócrata que cumplía con su trabajo de forma irreflexiva, pero no un «monstruo» como toda la prensa judía e internacional lo calificaban. El militar alemán, según Arendt, no tenía conciencia de la naturaleza criminal de sus actos; la voluntad de hacer el mal, por tanto, no se encuentra sólo en los espíritus perversos y sádicos, sino que son también fruto de la frivolidad, la superficialidad y la ausencia de reflexión. Hannah Arendt no defendía, como apuntaron su críticos, que cualquier persona podía actuar de forma malvada si se daban las condiciones oportunas para ello, ya que, en su opinión, todo individuo es generalmente siempre libre en su voluntad. Desde un punto de vista ético, las personas podemos elegir en cada momento de que manera comportarnos, pero esta elección tiene consecuencias políticas y morales. El mal, la corrupción, el engaño, el ser cómplice de un delito… son fenómenos superficiales que llevan a los individuos a no pararse a pensar en sus acciones. He aquí el quid de la cuestión: Arendt nos está advirtiendo del peligro que supone banalizar el mal y dejar de ser consecuentes con nuestros actos para obtener algún tipo de beneficio. Todorov, que al intentar explicar el totalitarismo expone una tesis muy parecida, afirma con certeza: «comprender el mal no significa justificarlo sino, más bien, darse los medios para impedir su regreso» (2002, 151). Creo que, a estas alturas, la comparación entre la actuación de Eichmman durante el régimen nazi y lo que sucedió en Marbella durante el gilismo sobra; que nadie me entienda mal: el fondo, sin ninguna duda, es otro muy distinto, mucho más terrible en el primer caso, pero la forma se le asemeja. Marbella, a principios de los noventa, era una ciudad con una identidad comunitaria bastante débil, donde podíamos encontrar a numerosas personas con claros intereses instrumentales a las que poco les importaba mirar para otro lado ante las anomalías políticas. Quince años después, cuando el Ayuntamiento de Marbella fue desmantelado debido a la Operación Malaya, vino el desconcierto, los arrepentimientos y la vergüenza. Ya era tarde.

Lo peor del gilismo, en cualquier caso, es la herencia política que dejó, cuyas repercusiones no sólo se han dejado sentir en Marbella y en los municipios circundantes donde el GIL gobernó –Estepona, Manilva, Casares, Ronda, San Roque, La Línea de la Concepción, Tarifa, Barbate, Chipiona y Ceuta– sino en buena parte del país. Gil fue el artífice de una nueva manera de hacer política y Marbella fue su laboratorio. El modelo de gestión del Gil, basado en la especulación inmobiliaria más salvaje, contribuyendo con ello a inflar la burbuja que pinchó en 2008, es hoy día de uso cotidiano en Madrid, Islas Baleares, Valencia, Murcia o Castilla-La Mancha, comunidades autónomas que están gobernadas por el PP. Los casos de corrupción vinculados con el «ladrillazo» en todos estos lugares brotan como setas después de un día de lluvia. ¿Y el PSOE qué? Con tres nombres todo está dicho: Isabel García Marcos, Paulino Plata y Gaspar Zarrías. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Ambos partidos, por cierto, fueron cómplices de las tropelías de Gil: entre otras muchas cosas, el PP pactó con el GIL para poder hacerse con la Diputación de Málaga y la cedió la Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol Occidental tras las elecciones de 1995, mientras que el PSOE, al tiempo que hacía la vista gorda desde la Junta de Andalucía ante las irregularidades urbanísticas de Jesús Gil, desde el Gobierno le concedía, por mano de Juan Alberto Belloch, su segundo indulto en 1994. El ex ministro de Justicia, hoy alcalde de Zaragoza, todavía tiene la caradura de decir que propuso que Gil fuera indultado debido a que no conocía «qué tipo de personaje era». Para mear y no echar gota, como decimos por aquí.

Puerto de San PedroEl supuesto puerto deportivo de San Pedro Alcántara. El proyecto presentado por Gil en el año 1996 se parece mucho, curiosamente, al proyecto de otro puerto fantasma aparecido en los últimos tiempos. Fuente: http://escepticoenmarbella.blogspot.com.es/2006/12/puerto-deportivo-san-pedro.html

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Todorov, Tzvetan. 2002. Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX. Trad. de Manuel Serrat Crespo. Barcelona: Ediciones Península.


[1] Todos los datos estadísticos, si no se apunta lo contrario, se han obtenido del Sistema de Información Multiterritorial de Andalucía (SIMA), vinculado al Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía.

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