La hidra precaria

[Publicado originalmente en el blog del Aula Virtual de la FdlC, 17/07/2017]

Nosotros, por el contrario, no pretendemos poseer la verdad absoluta, creemos más bien que la verdad social no es una cantidad fija, buena para todos los tiempos y lugares o determinable por anticipado (…). Y por ello las soluciones que proponemos dejan siempre la puerta abierta a otras distintas y presumiblemente mejores.
Enrico Malatesta,  Umanità Nova,n.º 134

 

La clase no nace, se hace. Esta sentencia, adaptación de una célebre frase de Simone de Beauvoir relativa a la construcción de género, podría resumir, sin entrar en vericuetos excesivamente complejos, la tesis de E. P. Thompson sobre el surgimiento de la clase obrera en Inglaterra durante el siglo XIX. Frente a los rígidos postulados cientifistas del marxismo estructuralista, para Thompson la clase no es una estructura rígida ni una categoría cerrada, es una relación fluida, un fenómeno principalmente histórico.

Thompson defendía que la clase cobra existencia cuando un grupo de personas, a consecuencia de sus experiencias comunes, ya fueran heredadas o compartidas, articulan sus intereses y aspiraciones frente a los intereses y aspiraciones de otros grupos, por lo general distintos y opuestos a los suyos (Thompson 2012, 27-28). Para sus críticos, el historiador británico reduce las condiciones materiales de la clase al plano de lo subjetivo y a las contingencias de la experiencia, pero, desde nuestra perspectiva, lo que Thompson hace muy oportunamente es señalar que, aunque la experiencia de clase está ampliamente determinada por las relaciones de producción, la clase tiene una constitución política y no sólo socioeconómica. Es decir, los modos de producción no constituyen en sí mismos un elemento activo y mecánico de formación de clase.

En este sentido, pienso que la negación del precariado, en tanto que nueva clase social emergente, se articula frecuentemente desde una definición puramente estrucutral de la clase, en contra de la noción que, siguiendo a Thopmson, hemos asumido aquí. La clase hace acto de presencia justamente porque las personas, ante unas relaciones productivas determinadas, pueden llegar a identificar vectores experienciales comunes que pueden ser pensados —y analizados— en términos de clase. Por tanto, será la intensidad con las que se desplieguen las situaciones objetivas de clase —clase en sí—, diferentes en cada contexto histórico, la que llegue a determinar el potencial surgimiento y formación de una clase social consciente de serlo —clase para sí—. Para el sociólogo Guy Standing precisamente el precariado se encuentra actualmente inmerso en este proceso de toma de consciencia.

De hecho, la popularización del concepto “precariado” en los últimos años se debe sobre todo al citado autor, que ha publicado dos libros sobre el tema que han tenido relativo éxito recientemente (Standing 2013; 2014). Desde un punto de vista sociológico, la existencia del precariado vendría marcada por los vínculos cada vez más frágiles que las personas integrantes de esta nueva clase social mantendrían con el mercado laboral: temporalidad, salarios cada vez más bajos, contratación a tiempo parcial involuntaria, cercenamiento de los convenios colectivos, períodos de paro prolongados, etc. He aquí una potencial propiedad de nueva clase, pues se trata de unas relaciones de producción diferentes a las del proletariado tradicional —al menos en las sociedades radicadas en el centro del sistema-mundo capitalista—, basadas en un empleo de mala calidad y extremadamente volátil.

El aspecto clave, sin embargo, son las experiencias comunes que a partir de esta nueva situación de clase se están generando. Sin duda, en el centro de la cuestión emerge la precarización de nuestras vidas: el cada vez menor control sobre nuestro tiempo y nuestros deseos, la incertidumbre constante ante la falta de sostén económico y la permanente necesidad de buscar empleo, la pérdida de derechos civiles o la ausencia de beneficios no salariales derivados del trabajo —seguro médico, prestaciones de desempleo, derecho a baja, vacaciones pagadas, etc.—. Son las consecuencias de la transformación neoliberal y la financiarización de la economía capitalista. El manifiesto del MayDay 2003 ya lo dejaba claro: “el precariado es al postfordismo lo que el proletariado al fordismo”.

Los agentes que forman parte del precariado son múltiples, no existe homogenización, antes al contrario: migrantes, personas jóvenes altamente cualificadas carentes de trabajo estable, sujetos desclasados procedentes del mundo obrero tradicional, mujeres dedicadas a los cuidados y a otras labores invisibilizadas de reproducción de la vida, etc. Desde luego, la precariedad no afecta por igual a todos estos sectores, lo que hace difícil tender, al menos sociológicamente y desde las perspectivas de la teoría social clásica a una formación unificada, a la constitución de una clase para sí, que es lo que reclama Standing en su último trabajo, Precariado: una carta de derechos. El propio autor evidencia la existencia de capas o facciones dentro de él. La articulación y la emergencia de una consciencia, por tanto, ha de darse desde el ámbito de la acción política, pues este es el campo que permite reconocer intereses compartidos y en el cual las experiencias, más o menos fracturadas, pueden converger en un marco común, el cual, sin embargo, no necesariamente debe ser el de la unificación estructurada. El precariado es una suerte de hidra de Lerna, un monstruo con multitud de cabezas, autónomas, diferentes, pero que frente a la exigencia neoliberal pueden golpear como una sola.

El precariado, antes que nada, es precario. Existe en sí, pero esto no le confiere automáticamente la capacidad de ser un agente social de cambio. Hagamos de la necesidad virtud. Reconocernos como precarias para dejar de serlo. Entendamos nuestra vida y los problemas asociados a ella como algo común. Como señala Standing, urge pasar de clase sociológica a clase puramente política. Sí, pero sin cierre, sin teleologismos que enmascaren los diversos modos de existencia de la multitud: hacerse clase para sí, no llegando a serlo nunca, siempre en movimiento, siempre a la contra de lo que somos, pero también de lo que no queremos ser. No olvidemos, en este sentido, que el trabajo asalariado es fuente de miseria: nuestras vidas, condicionadas por el empleo inseguro y el consumo en los pocos ratos de tiempo libre, es el escalón final de un proceso rutinario y alienante que comienza, si es que al menos se tiene trabajo, en el lugar de curro.

Partiendo de la presunción de que las precarias, o si se quiere, los segmentos sociales crecientemente precarizados que han sido integrados en las últimas décadas, desde un punto de vista sociológico, en la ficticia clase media, pueden llegar a constituir, en efecto, un sujeto activo y consciente de transformación [1], la intención de este texto es principalmente la de contestar a una de las preguntas que en los tiempos que corren se ha tornado más recurrente en el terreno político de las izquierdas. Esta pregunta no es otra que la de saber cuáles pueden ser las estrategias más oportunas, desde una concepción actualizada de la clase, para intervenir políticamente en la coyuntura de crisis sistémica a nivel global y más concretamente, dentro del Estado español, en el contexto post-15M. Hablamos de estrategias de lucha y organización que, a la vez que deben contribuir a la construcción de contrapoder y recuperación de soberanía, permitan el autoreconocimiento del precariado y su alta capacidad de agencia política, pero sin olvidar la trabazón de singularidades que lo conforman, sin olvidar que es un ente multicéfalo, sin olvidar que es una terrorífica hidra. Desde el terreno de la mera hipótesis, algunas de esas estrategias que consideramos, son:

– La autoorganización de las precarias frente a los sindicatos de control o de concertación (autodefensa laboral vs. representación y gestión de la fuerza de trabajo). Dos buenos ejemplos de este nuevo tipo de sindicalismo social son las kellys y los sindicatos de manteros de Barcelona y Costa del Sol. Más recientemente, la huelga de las repartidoras de Deliveroo este pasado mes de junio para denunciar la total ausencia de derechos laborales y las pésimas condiciones de trabajo impuestas por la citada empresa de reparto de comida a domicilio, ha evidenciado no sólo que el problema de la precariedad es una realidad que golpea cada vez con más fuerza, sino también la necesidad de buscar nuevas formas de organización y representación propias.

– La lucha por formas institucionalizadas de redistribución económica: Renta Básica Universal.

– La recuperación de los bienes comunes urbanos. Es decir, frente al participacionismo vacío, derecho a intervenir en la ciudad.

– La puesta en marcha de dispositivos de desprecarización productivamente autónomos y desarrollo de la economía social. Desglorificación del trabajo asalariado.

– Alianza con los sectores obreros más tradicionales, que también son objeto de la precarización.

Referencias bibliográficas

Thompson, Edward Palmer. 2012. La formación de la clase obrera en Inglaterra. Madrid: Capitán Swing.

Standing, Guy. 2013. El precariado: una nueca clase social. Barcelona: Pasado & Presente.

Standing, Guy. 2014. Precariado: una carta de derechos. Madrid: Capitán Swing.


[1] No se puede olvidar que las precarias han sido parte sustancial del motor que hizo estallar las movilizaciones sociales que en esta última década han tenido mayor repercusión internacional: 15M en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos, Movimento Passe Livre en Brasil, Nuit debout en Francia, Que se lixe a troika! en Portugal…

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